Mestre Antoni: un pie en el ayer y otro en el mañana

Mestre Antoni, fundador de Lottusse

La apasionante peripecia de Lottusse no puede contarse sin hablar primero de Antonio Fluxá Figuerola, el iniciador de este camino que ya dura más de 140 años. Su condición de padre fundador ha propiciado que en Lottusse todo el mundo se refiera a él como Mestre Antoni. Y siempre con esa familiaridad basada en el respeto y el afecto que sólo una figura casi paternal puede inspirar. Un hecho que, además, da buena cuenta de cómo en Lottusse nos concebimos todos como una gran familia.

El Mestre Antoni nació el 26 de enero de 1853 en la pequeña localidad mallorquina de Inca. Un pueblo ubicado a los pies de la Sierra de Tramuntana que ya entonces contaba con una vida económica incipiente. Sobre todo, si la comparamos con otras localidades de aquella Mallorca decimonónica y pre-turística tan aislada y cerrada en sí misma.

Sin embargo, aún quedaban unos años para que Inca se convirtiera en uno de los referentes de la producción de calzado, condición que mantiene hasta nuestros días. A ello ha contribuido, de manera decisiva el propio Mestre Antoni. En este artículo te contamos cómo fueron los primeros pasos que con el tiempo encaminarían a esta gran aventura.

Y, sobre todo, qué aspectos de su legado nos inspiran todavía hoy a la hora de tomar decisiones y no olvidar quiénes somos ni de dónde venimos.

Del pan a los zapatos de piel: el Mestre Antoni emprendedor

El Mestre Antoni era lo que hoy llamaríamos un emprendedor. La combinación de inteligencia, tesón, arrojo, perseverancia y detección de oportunidades, considerados en nuestros días como el ADN emprendedor, se desarrollaron en su personalidad desde muy pronto. Sus padres, Lorenzo y Francisca Ana, regentaban una panadería. El pequeño Antonio Fluxá, por tanto, se familiarizó muy tempranamente con la actividad comercial que, aunque modesta, forjaría su capacidad de visión y de búsqueda de oportunidades que tan importantes serían en un futuro. Muy especialmente para afrontar crisis como la que atravesó Lottusse durante la pérdida de Cuba y Filipinas o durante la I Guerra Mundial.

¿Pero cómo da el salto, nunca mejor dicho, de la panadería al calzado de piel? A los 19 años, el Mestre Antoni entra a trabajar en un pequeño taller de zapatos, todavía muy regido por los viejos parámetros gremiales que se remontaban al siglo XV, cuando fue fundado en Inca el Gremio de Zapateros. En aquel modelo, cada taller solía contar con un maestro zapatero, dos oficiales y un aprendiz. Además, apenas existía la división del trabajo y la mecanización que definirían en pocas décadas a las empresas modernas del calzado.

La pericia y tesón del Mestre Antoni le permitieron escalar en apenas dos años a oficial zapatero. Un ascenso que se vio truncado por su reclutamiento militar para combatir en la Tercera Guerra Carlista en Cataluña. Sin embargo, su curiosidad era imparable. Durante los permisos que se le concedían, visitaba talleres de calzado catalanes para aprender más sobre los nuevos métodos de fabricación de zapatos. No olvidemos que, en aquel entonces, Cataluña se consolidaba como uno de los centros de producción de textil y calzado más importantes de España. La mejor escuela posible para el Mestre Antoni.

Así, a su vuelta a Mallorca en 1877 tras la finalización de la guerra, el Mestre Antoni trajo a Inca algo más que su raído uniforme militar. Llevaba consigo también nuevas ideas muy diferentes a lo que él había conocido elaborando zapatos de piel en Mallorca. Inca, sin embargo, también había cambiado en su ausencia: en 1875 se inauguraba la primera línea férrea con Palma, algo que, sin duda, estaba favoreciendo el crecimiento económico de esa pequeña localidad.

Mestre Antoni vio inmediatamente lo que hoy denominaríamos como “ventana de oportunidad” y fundó en ese mismo año su propio taller de calzado. Lottusse echaba a andar: los primeros años lo haría calzando sólo zapatos de hombre y a partir de los inicios del siglo XX también con zapatos de mujer. Sin duda, Mestre Antoni demostró ser todo un emprendedor.

Tanto es así que, lo que hoy se considera como la culminación de un emprendedor, esto es, el generar e impulsar talento, ya lo consiguió el Mestre Antoni.

Dos de sus obreros, Joan Gelabert y Bartomeu Payeras, gracias al conocimiento adquirido en Lottusse, dieron el paso en su proyecto personal instalando importantes fábricas mecanizadas. Incluso, en el caso Gelabert, diversificó su actividad creando un banco en 1920.

Todo ello, como no puede ser de otro modo, requería de mucha laboriosidad y tesón. El Mestre Antoni poseía ambas cualidades como demuestra su intensa actividad para penetrar en el resto de mercados nacionales. De este hecho da buena cuenta su hija, Francisca Aina, en una carta a su marido, el Mestre Fluxá era incansable:

“Hace dos días que nos encontramos en esta de Madrid donde me es grato saludarte. Esta noche o mañana pensamos salir para San Sebastián, pues ya que hemos salido de casa, Papá quiere aprovechar el tiempo para lo desconocido”.

Llama la atención la observación de Francisca Aina para calificar el impulso de su padre por descubrir nuevas oportunidades. “Lo desconocido”. Una apreciación que no era en absoluto una exageración o una licencia retórica. Y es que Mestre Fluxá consiguió introducir sus productos en un mercado tan complicado y competitivo como el catalán. Las dudas que podía generar esta apuesta, agrandadas en buena parte por la mala consideración que en Cataluña se tenía del calzado mallorquín, fueron superadas por Mestre Antoni. Y lo hizo por una apuesta firme por la calidad del producto.

La decisión de mejorar la calidad y prestigiar su producto obtuvo muy buenos frutos. Lottusse consiguió pronto tiendas y almacenes interesados en distribuir su producto en Barcelona. El crecimiento del mercado catalán culminó en la contratación de un representante para esta región. El Mestre Antoni había conseguido abrir nuevos caminos y ampliar el horizonte de Lottusse.

Mestre Antoni y su legado en nuestros días: el ADN Slowfashion de Lottusse

Tras su muerte en 1918, el Mestre Antoni no sólo legó un taller de zapatos muy mecanizado y desarrollado. Su herencia es especialmente una manera de entender y hacer las cosas: de concebir la producción de calzado, la misión de un negocio y las relaciones con los trabajadores, entre otras muchas cosas.

El Mestre Antoni fue, al fin y al cabo, un hombre de su época, con un pie en el ayer y otro en el mañana. Una persona que, procediendo de la más honda tradición, siempre mantuvo intacta la curiosidad por lo nuevo, incorporándolo si ello le ayudaba a avanzar. Por ejemplo, apostando por la mecanización, en la racionalización del trabajo e incluso en una embrionaria imagen de marca.

Pero nunca lo hizo por mostrar un afán de modernidad impostada, sino por absorber todo lo bueno que los avances tecnológicos podían ofrecerle para desarrollar su idea y su pasión. Eso es precisamente lo que más nos inspira en Lottusse. El hijo del Mestre Fluxá, Lorenzo Fluxá, quien dirigiría la empresa durante décadas, dio continuidad a la visión de su padre en una frase que gustaba de repetir y que nos acompaña cada día desde entonces: “calma, tacto y paciencia”.

Esa es la razón por la que apostamos por un concepto de Slowfashion. Nos gusta avanzar, sí, pero sin prisas innecesarias. Para poder caminar es necesario adelantar un pie, pero también apoyarnos en el otro. Sólo andando calmadamente podemos disfrutar del camino, atisbar con detalle el horizonte y girarnos para contemplar lo que hemos dejado atrás. Preferimos actualizar que innovar, nos gusta el cambio, pero siempre manteniendo intacta la esencia. Porque hay cosas que, como el mismo legado de Mestre Antoni, siempre permanecen vivas.